Escrito por Agustín Villanueva. Profesor de Análisis y Evaluación Política y de Opinión Pública UMH
06/04/2008 16:08
Hace unos días leía un articulo “Bolero de Revel en Faes” del profesor Jiménez de la UA, que no me extraño en absoluto no sólo el título ni su contenido. Métase en una coctelera a los liberales: Aznar, Federico Jiménez los Santos, Vidal-Cuadras, Vargas Llosa,…a FAES, y contentemos a algunos lectores.
Lo que más me impresiona es que nadie quiere saber de liberalismo y de liberales, de Copes y Libertades Digitales¡pero amigos!, todos lo quieren imitar, todos los escuchan, todos los ven. Pero “eto que e”, diríamos los de Orihuela. O hablamos de hombres Light, o sea, el hombre que no tiene cerca nunca ni felicidad ni alegría, o personas que tienen el síndrome del mando a distancia (zapping).
Amico, la ideología, y así lo dice Revel (no Ravel ni bolero) en “EL Conocimiento Inútil” es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La primera consiste en retener sólo los hechos favorables a la tesis que se sostiene, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos. La dispensa práctica suprime el criterio de la eficacia, quita todo el valor de refutación a los fracasos; una de las funciones de la ideología es, además, fabricar explicaciones que lo excusan. La dispensa moral abole toda noción de bien y de mal para los actores ideológicos; o, más bien, el servicio de la ideología es el que se ocupa de la moral.
Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella, en vez de ser ella la que empaña su virtud cuando sucumben ante la tentación. En sus comienzos, una ideología es una hoguera de creencias que, aunque devastadora, puede inflamar noblemente los espíritus. A su término, se degrada en un sindicato de intereses.
La ideología es para Revel una mezcla de emociones fuertes y de ideas simples acordes con un comportamiento; es, a la vez, intolerante y contradictoria. Intolerante, por incapacidad de soportar que exista algo fuera de ella, y contradictoria por estar dotada de la extraña facultad de actuar de una manera opuesta a sus propios principios, sin tener el sentimiento de traicionarlos. Su repetido fracaso no la induce nunca a reconsiderarlos, al contrario la incita a radicalizar su aplicación.
Me encanta profesor Giménez que haya leído el libro de Revel titulado “Memorias. El ladrón en la casa vacía” y espero que se percatara de que fue igualmente crítico contra todos los oscurantismos y el espíritu intolerante, de izquierdas o de derechas. Como manifiesta Vargas Llosa, en la presentación del mencionado libro, cuando cesa la libertad para expresarse libremente, en el seno de una sociedad o de una institución cualquiera, todo lo demás comienza a decomponerse. No sólo desaparece la crítica, sin la cual todo sistema u organismo social se tulle y corrompe, sino que esa deformación es interiorizada por los individuos como una estrategia de supervivencia y, consecuentemente, todas las actividades (salvo, tal vez, las estrictamente técnicas) reflejan el mismo anquilosamiento.
Ésa es, en último término, sostenía Revel, la explicación de la crisis de la izquierda en el mundo;: haber perdido la práctica de la libertad y no sólo por culpa de la represión que le infligía el adversario exterior sino por haber hecho suya la convicción suicida de que la eficacia es incompatible con aquélla. Todo poder es o se vuelve de derecha, como escribía Revel; sólo se convierte en izquierda el control que se ejerce sobre aquél. Y sin libertad no hay control.
Cuando el profesor Giménez dice queRevelle dice de todo a Mitterrand, menos bonito, creo que debio leer el libro a saltos o haciendo zapping; dado que lo define como un hombre mortalmente desinteresado de la política, que se resignó a ella porque era un requisito inevitable para lo único que le importaba: llegar al poder y atornillarse en él lo más posible. Es más, Mitterrand y Revel mantuvieron una buena relación hasta 1971; año en que Mitterrand no demostró la misma tolerancia ni la misma comprensión amistosa cuando Revel le declaró que ya no creía en el socialismo.
Como Mitterrand sólo creía desde hacia seis meses, o al menos hacía creer que creía, pudo atribuir la abjuración de Revel a un deseo perverso de llevar la contraria a su recién estrenada conversión. Para Mitterrand el socialismo no era más que un medio de conquistar el poder en la coyuntura electoral y política de la Francia de los años setenta. Al tomar a Revel por un desertor de la sagrada causa de su carrera personal, no veía ningún sentido a una discusión que sólo tenía por objeto la búsqueda de la verdad. Poco le importaba la validez teórica y práctica del socialismo. Ni del socialismo ni de cualquier otra doctrina.
Nunca, a lo largo de los años que ambos conversaron con bastante regularidad, le planteó Mitterrand la menor pregunta exclusivamente para informarse o aceptar una opinión sobre los temas que Revel podía conocer mejor que él: educación, prensa, estados Unidos, etc. Simplemente Mitterrand, como casi todos los políticos, se limitaba a presentar un defectomuy frecuente: la incapacidad de interesarse por el conocimiento en sí mismo. Y es que para poder interesarse por el conocimiento hay que ser desinteresado.
Manifestaba Revel que la única justificación profesional de los periodistas (espero que también contaba con los que estamos en los medios de comunicación), así como de los historiadores, profesores, filósofos e intelectuales en general, consiste en cumplir esta misión: conocer y dar a conocer la verdad. O por lo menos abstenerse de deformarla a sabiendas. Tendría que haber un “juramento de Sócrates” así como hay uno de Hipócrates.
Agustín Villanueva Profesor de Análisis y Evaluación Política y de Opinión Pública UMH