Sábado 17 de Mayo de 2008 20:08
Europa estancada y sin valores Imprimir E-Mail
Escrito por Agustín Villanueva Pazos, Profesor de Análisis y Evaluación Política y de Opinión Pública de la UMH   
16/04/2008 08:00

Aquellos que se niegan a emprender nada por falta de garantías de que las cosas irán como ellos han decidido previamente se condenan al inmovilismo. Nadie puede decidir hoy la forma de la Europa en que viviremos mañana, pues el cambio que nacerá del cambio es imprevisible. Jean Monnet.

En el panteón de la mitología griega, Europa era una princesa, hija de un rey fenicio. Un día, mientras ella y sus amigas jugueteaban en la playa, Zeus la vio y se enamoró inmediatamente de ella; para conseguir seducirla, Zeus tomó la forma de un toro amable y pacífico. Europa, confiada, comenzó a acariciarle y se sentó sobre su lomo. Era el momento que Zeus estaba esperando, de repente se levantó y galopó hacia el mar, llevando consigo a Europa. El toro no paró de nadar hasta llegar a Creta. Una vez en la isla, Zeus asumió de nuevo forma humana y tuvo tres hijos con Europa, uno de ellos Minos, rey de Creta y “dux Europaeus”.

Europa da la impresión en la actualidad de que estuviera perdiendo de hecho la confianza en su porvenir. Corría el año 1959 cuando un grupo de amigos, aprovechando las vacaciones de verano, nos reuníamos un día a la semana con el objeto de tener una tertulia en las que nos planteábamos temas de actualidad que podían interesar a todos los participantes en la mencionada tertulia. El pueblo era Marín y el lugar “El Merendero”,  el grupo era muy variado: futuros marinos, futuros abogados, futuros médicos y futuros…. nada.

Cuando me toco hablar a mi, prepare dos cuartillas sobre “El futuro de Europa y el Tratado de Roma”; creo que era la primera vez (ya estaba en segundo de carrera, Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales) que escribía algo. Bueno una vez un “cura” (estudie en un colegio católico y me siento muy feliz de ello, Colegio San Narciso), Padre Lopez, nos pidió que escribiéramos algo sobre la Semana Santa; creyendo que el “cura” no sabia mucho, le presente un escrito de Lopez de Vega, pero eso si, firmado por mi. El resultado fue nefasto, de entrada me dijo que desde cuando había cambiado el nombre, y de salida un cero (mala suerte no ser ahora, tendría un uno, todo cambia para… mal).

En 1948 en un Congreso organizado  en La Haya por el movimiento Europeo, Salvador de Madariaga se expresaba así : Ante todo amemos a Europa, nuestra Europa sonora de las carcajadas de Rabelais, luminosa de la sonrisa de Erasmo, chispeante del ingenio de Voltaire, en cuyos cielos mentales brillan los ojos fogosos de Dante, los ojos atormentados de Dostoivski, los claros ojos de Shakespeare, los ojos serenos de Goethe; esta Europa a la que siempre sonríe la Gioconda y en la que Moisés y David surgen a la vida perenne del mármol de Miguel Ángel; donde Don Juan ansía hallar en las mujeres que topa la mujer que nunca encuentra, y Don Quijote, lanza en ristre, galopa para obligar a la realidad alzarse sobre si misma, ….. Esta Europa tiene que nacer, y nacerá cuando los españoles digan “nuestro Chartres”, y los ingleses “nuestra Cracovia”, y los italianos “nuestra Copenhague”; y cuando los alemanes digan “nuestra Brujas” y retrocedan de horror a la mera idea de poner sobre ella manos asesinas. Entonces Europa vivirá, porque entonces, el Espíritu que guía la Historia habrá pronunciado las palabras creadoras: Fiat Europa.

Con la firma del Tratado de Roma el 25 de marzo de 1957 se firmaron  dos tratados que daban existencia a la Comunidad Económica Europea (CEE) y a la Comunidad de la Energía Atómica (EURATOM), surgen personajes claves para Europa como Adenauer, Jean Monnet, Henri Spaak, De Gasperi y Robert Schuman. Los seis países firmantes  del histórico acuerdo fueron Christian Pineau por Francia, Joseph Luns por los Paises Bajos, Paul Henri Spaak por Bélgica, Joseph Bech por Luxemburo, Antonio Segni por Italia y Honrad Adenauer  por la República Federal de Alemania, se comprometen a una unión sin fisuras entre europeos, a una futura unión donde bienes y ciudadanos circularan libremente. Antes del Tratado de Roma, los seis debatieron si impulsar primero la integración política o la económica y, al final, se impuso el criterio de Jean Monnet que predecía una unión mercantil, como preámbulo al resto. En el acto de la firma de Roma, su alcalde Tupini vaticinaba un siglo de unión en paz, libertad y prosperidad. Cincuenta años después, se cumplió el pronóstico de Tupini. El Tratado afirmaba en su preámbulo que los estados miembros estaban “determinados a establecer los fundamentos de una unión sin fisuras más estrecha entre los países europeos”.

El principal problema político con el que arrancó el Mercado Común fue el que un país el Reino Unido se mantuviera al margen; los británicos se negaron a ingresar por diversas razones: a) La importancia de sus lazos comerciales, políticos e incluso sentimentales con sus colonias agrupadas en su mayoría en la Conmmonwealth. b) Su negativa a ingresar en una unión aduanera, Londres defendía la creación de una zona de libre cambio, en los que se aboliera los derechos de aduanas internos pero en la que cada país tuviera libertad para poner sus propios aranceles con respecto a países terceros. c) La nula voluntad británica de embarcarse en un proyecto en el que a largo plazo se planteaba la cesión de soberanía de cada estado en beneficio de instituciones supranacionales europeas. Los británicos, por tanto, propiciaron la creación de una Asociación Europea de libre comercio (EFTA) con Suecia, Suiza, Noruega, Dinamarca, Austria y Portugal. La EFTA era una mera zona de libre comercio, esencialmente de productos industriales, y no recogía ningún tipo de arancel común. Los británicos se dieron cuenta de su error, sobre todo ante un crecimiento económico espectacular de la CEE, con tasas de crecimiento en los años 60 superiores a los norteamericanos. Así, en agosto de 1961 solicitó negociaciones para el ingreso en la CEE, pero Francia, Charles DeGaulle, vetó en 1963 el ingreso británico en la CEE; lo mismo ocurrió en 1967, el general francés volvió a vetar la adhesión del reino Unido. Se ha tenido que esperar a la dimisión de DeGaulle en 1969 para se abriera la puerta para la adhesión británica. Fue en 1972, y venciendo la oposición de la opinión pública británica contrarias a la entrada en la CEE y muy antieuropea, cuando se terminaron la negociaciones.

La actual Unión Europea es el resultado de la unión de tres Comunidades Económicas que se fusionaron  el 1 de julio de 1967. La primera es la CECA o Comunidad Europea del Carbón y del Acero que se había constituido el 18 de abril de 1951; la segunda se firmó el Tratado de Roma en la que se constituía la Comunidad Económica Europea y la CEEA  o EURATOM (Comunidad Europea de la Energía Atómica). La definición propia de la Unión Europea es la de un conjunto de organizaciones creadas entre los países de la Europa Occidental con el fin de articular mecanismos de cooperación económica, política y social que llevan a una progresiva integración de estos países.

Jean Monnet , ante la necesidad de seguir avanzando en el camino de la unidad ,decía en los años setenta: ¿Adónde nos lleva esta necesidad, hacía que tipo de Europa? No sabría decirlo, pues es imposible imaginar hoy las decisiones que se podrán tomar en el contexto del mañana. Lo esencial es atenerse a unos cuantos puntos fijos que nos han guiado desde el primer día: crear progresivamente entre los hombres de Europa el más vasto interés común, gestionado por instituciones comunes y democráticas, en las que se delegue la necesaria soberanía. Esta es la dinámica que no ha cesado de funcionar, rompiendo prejuicios, borrando fronteras, ampliando en pocos años a todo un continente el proceso que a lo largo de los siglos había formado nuestros propios países.

La unidad de Europa se basa, en principio, en valores comunes: libertad, democracia, Estado de derecho, respeto a los derechos humanos e igualdad. Hemos pasado cincuenta años sin guerras entre los países que ahora constituyen la UE, y  es algo sin precedentes en la historia. Los que fundaron la UE a pesar de tener una gran visión no podían imaginar siquiera cómo serían Europa y el mundo 50 años más tarde; pero también podemos decir que es difícil predecir lo que nos depararán los próximos 50 años, aun cuando podemos afirmar que Europa esta bastante parada. ¿Hacia dónde va Europa? ¿Qué Europa queremos? ¿Debe seguir siendo la Europa unida una zona más favorable al libre comercio, o debe convertirse también en un agente capaz de actuar políticamente hacia el exterior? ¿Podrán seguir existiendo la cultura y la civilización europea sin la religión? ¿Qué es lo esta realmente pasando en Europa? ¿No tendría Europa reflexionar sobre lo que esta vivo y lo que está muerto de su cultura?

Como señala Habermas en su libro” El Occidente escindido”, los problemas que hoy deben resolverse son de naturaleza genuinamente política: a) los actuales desafíos de la ampliación hacia el Este; b) las consecuencias políticas de la integración económica ya consumada, especialmente para los países de la zona euro; y c) los cambios de la situación mundial.

Europa parece haberse quedado vacía por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio, una crisis que pone en peligro su vida, que se ha confiado a trasplantes, que cancelan su identidad. A esta decadencia interior de las fuerzas, también espirituales, se añade una creciente decadencia ética. La crisis de Europa es la crisis de la democracia en Europa. Robert Schuman afirmo que la democracia sería cristiana o no sería. A estas alturas, véase el documento firmado recientemente en Berlín, es evidente que la democracia europea ha rechazado el cristianismo o que el cristianismo no ha sabido encauzar la democracia: ni cristianismo ni democracia.

Europa no puede olvidar los propios valores que hay que proteger y promover; la laicidad de los estados y religiosidad de los pueblos son elementos principales que se integran entre sí y ciertamente no se contradicen. El gran problema, como señala Dalmacio Negro, es la desmoralización de Europa, cuyas causas internas son muchas; entre ellas las que conciernen directamente al estado de la religión, estrechamente relacionado con las creencias e ideas que sustentan el êthos europeo, si aún existe.

Agustín Villanueva
Profesor de Economía Aplicada de la UMH

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